¿Es cierto que los libros electrónicos reemplazarán a los libros impresos en el futuro?
En sus primeros años, en la industria editorial se especuló que con el tiempo el libro electrónico terminaría inevitablemente reemplazando a los libros impresos, hasta el punto de que —según los más alarmistas— quizás nunca más se volverían a imprimir libros. Algunas predicciones incluso anticiparon que el nuevo escenario cambiaría radicalmente la manera en que vendemos y leemos, del mismo modo que Netflix y Spotify cambiaron las respectivas industrias del cine y la música.
Sin embargo, con el tiempo se ha hecho evidente que estas profecías distópicas no se iban a cumplir. A casi dos décadas del lanzamiento del Kindle de Amazon, las ventas de libros físicos no han sufrido cambios radicales como consecuencia de la aparición de nuevos formatos electrónicos. Por su parte, si bien la penetración de los libros electrónicos en el mercado ha crecido en forma regular, está lejos de alcanzar las ventas de libros impresos, mucho menos reemplazarlas.
En general, los lectores siguen prefiriendo la comodidad material y el sentido de propiedad que entrega el libro impreso, su olor y textura, el sonido al pasar las páginas y todas las formas en que hemos interactuado con los libros durante cientos de años, la posibilidad de rayar, doblar y marcar el texto, regalarlo, prestarlo y muchísimos otros usos. Si bien se ha intentado «paliar» un poco estas desventajas por medio de las tecnologías de tinta electrónica y otras, es poco probable que el libro electrónico pueda jamás competir en estas área de igual a igual.
Hoy podemos ver que el libro electrónico no es ni una competencia ni un reemplazo del libro impreso. Por el contrario, es mejor pensar en él como su complemento, que permite ampliar su acceso y propiedades tecnológicas para ciertos grupos de lectores con necesidades e intereses específicos. Así, el libro electrónico se vuelve un «gemelo virtual» del libro impreso, con sus propias ventajas y desventajas.